lunes, 28 de abril de 2008

Cosas de las cuales prefiero no acordarme

LA JAULA DE ORO V

Mi abuela decía que la ropa sucia se lava en casa, aunque no sé si se refería a la ropa o a los chismes familiares. “A veces pueden ser las dos”, pensaba Eloisa mientras restregaba sus pantaletas antes de meterlas a la lavadora. La correctísima niña se encontraba en una situación bastante incómoda: al lado de ella se había instalado un desconocido a doblar su ropa.
"!Coño! ni pensar que cuando era rica tenía una cachifa que me lavaba los sostenes a mano", pensaba la ex niña-bien mientras intentaba desaparecer las manchas de sangre de su periodo mientras el guapo doblador de camisas la escudriñaba con su mirada de detergente Ariel.
"Primero muerta que bañada en sangre", solía decir la glamorosa ex suegra de Eloisa. Así que la chica se dedicó a esperar a que el fanático de la limpieza terminara de acomodar sus tres secadoras llenas de ropa. Ya había sorteado la vergüenza, ahora le tocaba lidiar con el aburrimiento."¿Cuándo fue la última vez que pasé por una situación así?...

Fue justo después del divorcio. Eloisa tenía tantas telarañas entre las piernas que era incapaz de discriminar entre las promesas vanas y las realidades suculentas... para ella, todas las pollas eran grandes. Por eso, cuando recibió la llamada de Martín se puso eufórica: alguien, se iba a tomar el trabajo de enseñarle el significado -y la conexión- de cosas tan disímiles como beso negro, vibrador y penetración doble.

Así que aquella lejana noche sacudió el polvo de su liguero con la intención de ofrecerle una peluda sorpresa a su nuevo amante. El hombre, guapísimo a más no poder, la llevó a comer al Jardín de las Crepes... mal comienzo.



No importó que Eloisa mostrara sus bajos instintos tratando de emular a la Stone. No importó el pie femenino descalzo buscando su pene vestido por debajo de la mesa. No importó los gestos obscenos que la niña de colegio de monjas hacía con el pitillo. Simplemente era imposible romper el idilio que Martín sostenía con su gigante cóctel de helado de fresa con alcohol coronado con una nube de crema chantilly. "¡Ah! Se me había olvidado; ¿quieres un pitillo para que pruebes? ¡Está riquísimo!", remató el galán.

Ya Eloísa se había resignado a masturbarse cuando Martín cruzó su Hummer justo a la derecha, en un pequeño hotelito enclavado en la calle Orinoco. Eloísa ya perdía la paciencia justo cuando el galán de telenovelas regresó con una llave más grande que su cartera Birkin Hermes imitación. "¿Estás nerviosa?, preguntó él, mientras ella le viraba los ojos antes de abrir la habitación.

Eloisa no soportó un preámbulo demasiado largo. Por fin iba a tener sexo con algo de carne y hueso, con un pene de verdad. Así que para acelerar el deseo del macho, se quitó su falda Escada de cuero, regalo de su ex suegra. ¡A Martín casi se le salen los ojos! Primero le quitó los tacones estiletos Jimmy Cho, luego siguió con sus dedos ágiles el camino de sus medias panties La Perla hasta llegar al ajado -pero aún funcional- liguero negro. Y allí, justo en el centro, se encontraba el peluchito de Eloísa.

"Cierra los ojos mi amor, que te tengo una sorpresa", dijo el amante, después de recorrer su clítoris con su muy-ágil lengua. A esas alturas Eloisa ya no tenía voluntad y sólo esperaba la penetración del padrote, ¡porque después de tanta cursilería sería lo mínimo! Pero el tipo nada que la metía, solo puro mamar y mamar y mamar...

De pronto, Eloisa sintió algo pegostoso en su vagina. La sensación era extraña pero no desagradable, así que aguantó un poco a ciegas. "Mi amor, ¿confías en mí?", dijo Martín, atribuyéndose afectos ajenos. "Bueno si, supongo", contestó la chica a punto de perder la paciencia ante la sensación de algo muy frío raspando sus labios. "Tranquila mi cielo, acabo de terminar. Ya puedes mirar", exclamó Martín satisfecho...

Su peluda, orgullo de mamá Eloisa durante tantos años, ahora era calva.

-"Gracias a mí por fin tu coño puede mostrarse tal como es: HERMOSA", exclamó el cabrón mientras relamía con la lengua su obra maestra.
-"¡El coño de tu madre!" se lamentaba Eloisa al tiempo que se sacudía las nubes de espuma de afeitar. "¿Quién me manda a mí cogerme a huevones como tú?" gritaba ella, cual diva, mientras se lavaba y vestía para huir de la escena del delito.

Eloisa hizo lo que pudo para evitar que su pelona no se mancillara con la tapicería del taxi. La imagen de Martín-huevo-pequeño-masturbado volvía una y vez a su cabeza mientras se proporcionaba a ella misma con su conejito lo que no pudo conseguir: una penetración.

miércoles, 23 de abril de 2008

No es lo mismo estar desnudo que estar sin ropa

IV

"Dios mío, ¡estoy en pelotas!", pensaba la ex alumna del colegio de monjas nuestra señora de La Consolación mientras se sumergía en el agua caliente del sauna. Sus senos se expandían como pomarosas maduras al contacto del agua caliente. No era la única, junto a ella reposaban manzanas, peras, limones... un verdadero jardín del edén femenino que disfrutaba de las ventajas del vapor en este sauna fundado por dos chicas lesbianas hace treinta años atrás.

Por más que lo intentara, Eloisa no podía dejar de comparar sus organos genitales con los de quienes gentilmente la habían invitado a compartir esta experiencia espiritual. Pero si ella miraba, también era mirada ¿no? Parecía que no. Cada quién estaba concentrado en su rollo, en el propio placer de su cuerpo con el medio ambiente. "¡Qué verguenza! ¿De qué monte tercermundista salí yo?" se preguntaba Eloisa mientras hacía malabarismos para salir de la bañera sin enseñar a la peluda "sonriendo".



"¿De eso se trataba ser moderno? !A la verga!" Eloisa se dedicó a investigar la fuente de los discretos gemidos que escapaban del bosque. Un halo de no-luz violeta le permitió distinguir los cuerpos fluorecentes descansando entre las piedras. Escondida tras un tronco, espiaba a una chica que se masturbaba cuando una mano tomó su tobillo.
"Eloisa, ven acá", susurró.



Mucho tiempo había pasado desde aquella vez cuando caminaba por Club Orient en la isla de St. Maarten. Ella rebosaba en belleza, felicidad y juventud. Alberto aún tenía cabello.
El brillo del turquesa prometía desvanecer cualquier desaveniencia matrimonial. Eloisa estaba tan emocionada de encontrarse en la playa nudista más famosa del Caribe que quería retar con un topless la educación ultraconservadora que le proporcionaron sus padres durante veinte años. Así que le comunicó su intención a Alberto y se dispuso a liberar la tira del sostén.



"¡Qué horror, Eloisa! ¿Qué clase de estupideces se te meten en la cabeza? ¡Deja de actuar como una puta!", espetaba Alberto, frente a las miradas atónitas de decenas de bañitas.
Ella intentó contener el llanto con un nudo en el sosten de su traje de baño. Pero la hermosa pieza, tejida a mano, era pesada y escurridiza. Lo inevitable sucedió, pero a nadie pareció importarle. El aire salino correteó por primera vez en el ahora indiscreto pezón de Eloisa. Era demasiada libertad como para poder soportarla.

Por un momento la arena se mezcló con silencio. Instintivamente, Eloisa atajó sus pomarosas con sus manos, sintiendo su tibieza. Luego se colocó una franela y se paró como resorte para trotar su perplejidad. "Rápido, lejos, sola" pensaba Eloisa mientras dejaba atrás a un Alberto de piedra a paso de potra zaina. A cada rebote de sus senos sin soporte aumentaban las lágrimas, que gentilmente limpiaba el viento.



(Gracias al Club Orient por la imagen final)

jueves, 17 de abril de 2008

El placer egoísta siempre repite



VIII

"¡Pero que polvo tan malo!", exclamó Eloisa mientras miraba la televisión echada en el sofá un sábado en la noche. Era la eneásima vez que volvían a pasar la misma película "erótica", una versión corrida -casi chicha- de Enmanuel.

"Alberto, quizás nosotros podemos animarnos y hacer nuestra propia porno" dijo Eloisa mientras exploraba en el pantaloncillo de su marido. Mala idea la suya, porque volvió a toparse con su vieja amiga "la larva".

"¿En qué momento ese animalito flácido y pegostoso había usurpado la identidad de su viejo amor, el pene?", se lamentaba Eloísa mientras retiraba su mano de la telaraña de pelos. El control del televisor, más firme y complaciente, era mejor opción que ese cuerpo lánguido hediondo a cloro...

Algo debía tener esa piscina donde Alberto practicaba natación diariamente que no tenía su coño. Por más húmedos que se pusieran sus labios, nunca lograba hacer nadar a su esposo en un hondo placer. Al principio intentaron llenar este vacío con juegos de sumisión y lubricante anal, pero ahora era un hoyo negro que los engullía silenciosamente.

"Te odio, piscina de mierda. Ya ni me provoca echarle una buena mamada a mi esposo, porque me da asco el olor a humedad". Eloísa no necesitó gritar su frustración; le bastó su mirada de fuego para espantar al marido de la habitación.

Ya sola, Eloísa intentó abrir esa pequeña rajita en la cual se había convertido su sexo por falta de uso. Pero la tristeza asomó sin lubricante al darse cuenta que tan solo dos delgados dedos la lastimaban sin compasión. Muy lejos estaba ella de los orgasmos explosivos de la televisión: coños rosados que impregnaban con sus jugos la pantalla de su televisión... pura ficción.

"¿Ficción? ¡Ummm! No es tan malo como parece". La fantasía, como cualquier otra categoría del alma, puede ser excelsa... puede ser un libro. Sólo leyendo puedes participar -como voyeur- en la cogida legendaria que le echó el guardaparques a Lady Chatterley. En letras está hecha la Jaula donde las 'Pequeñas Aves' de Therese revolotean, causándole calentura al Manuel de Anaïs Nin.

El libro se cayó al agua justo en el momento que el chorro del jacuzzi abría su vagina con una furia de cataclismo natural. Eloísa se retorcía de placer, jugando a acercarse y alejarse de la corriente, mientras ahogaba el grito en una toalla. Su clítoris latía como un corazón al contacto del pene fantasma, que luego de limpiarle la insatisfacción dejaba su huella por toda la raja de su sexo, hasta terminar en su ano.

-¿Qué estás haciendo encerrada, Eloísa? ¡Abre la puerta!

-¡Nadaaaaaaah!



P.D., Gracias al bribón de Xasel por las imágenes

El placer egoísta

VI

Morbido

¿Nunca te has masturbado? La pregunta, además de llenarla de horror, la colmaba de vergüenza. Nunca, pero nunca había pensado en tocarse “intencionalmente” sus partes íntimas. Simplemente inaceptable para Eloisa... hasta ahora.

Hasta que su recién estrenado amante, un lánguido músico experimentado en el arte de amar bajo los humos del cannabis le pidió que se tocara mientras él se ponía el condón.

“Vuélvete loca, mi amor” le dijo el artista, dejándole a ella el trabajo de terminar la obra de arte que él había comenzado en su clítoris. Eloisa, con las piernas abiertas y el felpudito hambriento, sintió que en el tiempo transcurrido desde sus 16 años hasta ahora no había aprendido nada diferente a meter-y-sacar.

Así que puso manos a la obra. Lo primero que hizo fue hacerse una depilación del bikini a-la-brasilera. Con su pubis calvo –al fin- pudo entender la razón por la cual la gran mayoría de las venezolanas les gusta usar blue jeans pegaditos de mala calidad. El placer derivado del roce de la tela burda-mal-cosida ponía a hervir su raja rosada. ¡Quién la viera caminar ahora! Parecía una modelo de un viejo comercial de Didijin caminando al ritmo de Guaco.
Sin embargo, el contorneo solo despertaba su hambre animal mal saciada por un esposo indiferente.

Luego intentó otro truco: sentarse desnuda encima de la secadora saltarina. ¡Qué decepción! Lo único que sacó de la gracia, copiada de un programa de Howard Stern, fue una cuenta de electricidad enorme y un placer minúsculo.

La sonrisa vertical

Un día, mientras pasaba por la librería Alejandría de Las Mercedes, vió un remate de libros eróticos de la colección La sonrisa vertical y la editorial Siruela. Se compró unos cuantos, pero no muchos, no sea que el marido la descubra en esa pendejada. Había uno realmente muy hermoso, pleno de ilustraciones delicadas y fragmentos de Anais Ninn y Henry Millar, entre otros escritores.

Uno narraba el dolor “exquisito” que le producía a la protagonista caminar con un rosario de metras metido dentro del ano. En otro, el caballero se lamentaba que su dama lo hubiese despreciado como amante, para perder la virginidad con un plátano. Incluso había una ilustración donde un pequeño perrito (Toy Poddle) le daba besitos cariñosos a los labios de su dueña.

Lo del rosario le parecía sacrílego, lo del perro asqueroso y lo del plátano doloroso, pero tenía un pepino que compró para tales propósitos. Así que se armó de coraje y…

(CONTINUARÁ)


img139.jpg


P.D.: Los dibujos son míos, como últimamente se ha hecho costumbre :)

Apalangrar o del periodismo sin culpa

XII

Cuando el Catire me tocaba las tetas, me las dejaba como biscochos recién horneados listos para remojar en leche tibia. Los pezones se me ponían como conchitas de naranja que expelían perfume al sentir presión. ¡Qué delicia!

Con la excusa del cansancio, me senté encima de sus piernas. El Catire ni se inmutó y siguió su conversación sobre alguna pendejada intelectual que no me interesa. El pana pretende ser demasiado cool como para perder el tiempo en explicarme el contexto y dejarme participar en la conversación como corresponde, pero tampoco me importa. Lo único valioso para mí -en ese momento- es su mano boy scout debajo de mi falda, intentando llegar al manantial escondido dentro de mí.



"Catire bello, mi audaz espeleólogo, te mereces una medalla", pensé, camino al baño. Sentía las miradas masculinas clavarse en mis tetas y eso me excitaba aún más. Ya dentro del baño me retoqué el maquillaje, me acomodé el pezón travieso dentro de la camisa y me quité la pantaleta, hecha una sopa.

"Puta, eso es lo que eres", me dijo una mujer justo al salir del tocador. Al voltear me encuentro a mi jefa, vestida -muy acertadamente- con una camisa blanca de seda y con un maquillaje que acentuaba sus ojos azul intenso. La muy atrevida se tomó su tiempo para estudiarme y luego me estampó un beso leve en los labios. "Ni siquiera usas pantaleta" dijo, mientras yo apartaba su mano de la raja de mi vestido.

¡Qué desagradable! La gente se toma unos tragos y se vuelve loca... enfrente de todo el mundo." En esas pendejadas venía pensando cuando me encuentré al Catire instaladísimo hablando con mi hermana Eloísa. Del tiro, la sequía acabó con mi vergel. No es que no la quiera, pero tampoco me gusta que mi "aventura de una noche" se convierta en una reunión dominical.

Porque eso es justamente lo que es Eloisa: un matiné de películas Disney con príncipes bestias y plebeyas hermosas incluidas.

"¡Estoy gratamente sorprendido con tu hermana! Hablábamos de política y Eloísa ha demostrado ser una persona que lee periódicos, después de todo", dijo el semental mientras jugaba con la punta de su pene a través del bolsillo.

No quise reaccinar... aún. Solo quería NO perder la fe en mi hermanita y no me defraudó. Se inclinó a darle un beso en la mejilla para despedirse y le susurró algo en el oído. La calentura que las quirúrjicamente perfectas tetas de mi hermana originaron en el Catire se convirtió en hielo. El hombre se convirtió en ratón y el asiento en gato.

-"¿Qué le dijistes, hermanita?".
- "No seas curiosa, Tatiana... Beso".

Honores a quien lo merece. Cada quién lucha sus batallas como puede y a mí me estaba esperando una a capa y espada. Además, no quería irme sin lo mío esa noche.

Amor de geeks

-"¿Entonces Catire?"
-"¿Entonces qué, Tatiana", exclamó con agresividad. "¿Cómo va la revolución?
-"¿El trabajo? Bien gracias. Por cierto, en estos días hablábamos de tí en El Imparcial."
-"¿Cosas buenas o malas?"
-"Nos acordábamos de cómo nos partíamos el culo trabajando para tí en La Justicia mientras tú se lo partías a las pasantes."
-"¡Qué tiempos aquellos! ¿Verdad, Eloísa? Ahora mírate, una periodista hecha y derecha que parte y reparte en los pasillos del Congreso."
-"Aprendí del mejor palangristra: tú. Lástima que estás en picada."
-"¿Qué tu sabes? No me va nada mal, querida. Y a tí te podría ir mejor si te dejaras "aconsejar", dijo Catire mientras me invitaba a sentarme encima de él.

Ya en sus piernas, Catire me dió una tarjeta que casi desecho después de aspirar. Pero sus gestos me detuvieron a tiempo. El nombre y el teléfono, escrito en una caligrafía conocida para mí, me devolvieron la lucidez.

-"¿Qué es esto, Catire?" dije alarmada.
-"Esto es una cordial invitación a colaborar con nosotros. Nos gusta como escribes, qué te puedo decir", dijo, esgrimiendo su sonrisa más seductora.
-"Pero tú sabes que trabajo para el gobierno, perdón, (mirando para los lados) la revolución. No voy a arriesgar mi posición para cambiar a guatepeor."
-"¿Qué pasó con la periodista que creía en el libre albeldrío y en la democracia?"
-"Bien gracias, ahorcada con las "cómodas cuotas" de un carro y un apartamento nuevo..."
-"¿Qué pasó con tus ideales de justicia social? ¿Y con..."
-"Verga Catire, tu si hablas guevonadas", exclamé mientras agarraba la cartera. Pero el galán de otoño me detuvo con una cifra escrita en el mismo jodido papelito. Cifra que yo taché para escribir mi precio: hay una gran diferencia entre una puta y una cortesana.

-"Tu si tienes bolas, Tatiana".
-"Bolas no, una pepita bien, pero bien peluda. Si quieres te la enseño", dije, sin terminar de tomar mi cartera Furla.
Catire tomó mi mano y la besó. Luego empezó a chupar mis dedos con fruición. "Si escribe también como coge, yo quiero conocer a tu amiga."

Dark rainbow (detail 2)

miércoles, 16 de abril de 2008

Suspiros con amargo de Angostura

LA JAULA DE ORO XIII

Recuerdo cuando mis abuelos paternos, adecos hasta las metras, me hablaban de un tiempo dulce como guayaba madura. Era una edad dorada donde las parrillas eran el pan nuestro de cada fin de semana y ríos dorados de Etiqueta Negra limpiaba las culpas de nuestra clase media. Donde eramos un país en vías de desarrollo y no un gobierno en la lista negra de la DEA.

Yo pude vivir unos POCOS años de aquellos buenos tiempos, cuando mis padres vivía en la casa para invitados de mis abuelos. A mi me bastaba atravesar la selva de trinitarias para llegar a la cocina de mi abuela y disfrutar de sus abrazos. También de sus coquitos, tortas y bienmesabes. ¡Ummm!

Me deleita especialmente evocar el pie de limón con merengue que preparaba para mi cumpleaños. Yo me relamía las aspas de la licuadora, intentando aprehender esa prosperidad de clara de huevo y aire. Un sabor que se convirtió en tormento primero y redención después.

Prque a la fortuna le-dió-la-gana, los juguetes fisher price y la ropita Carter fueron sustituidos por chivas usadas de nuestros amigos ricos. Luego mi abuela-la-reina empezó a referirse a sí misma en tiempo pasado al tiempo que despedía a la última mucama que le quedaba. Y un día la quinta con selva y casa de invitados desaparecieron de nuestras vidas. ¡Puff!

¡Ah! Se me olvidaba decirlo. Hasta el padre generoso se dejó engullir por el Viernes Negro. No quedó nada de ese pasado donde los sueños eran fáciles y los arraigos duros. Nada, excepto mamá, Tatiana y yo.

Y un libro de recetas de repostería grandísimo que mi abuela me enseño a cocinar durante mi niñez y adolecencia. Los biscochos de rancio abolengo criollo se convirtieron en cárceles de sueños, en ventanas de fiestas a donde ya-no nos invitaban. Y sufría asomada a la ventana mientras soñaba que algún caballero, de esos que buscaban las tortas de cumpleaños, me trajera una rosa pintada de azul y me cantara un bolero.

Yo no era la única que se sentía insatisfecha con el futuro. Mientras yo proyectaba mis penas en un capítulo de Las Amazonas, mi abuela se dedicó a moldear a la My Fair Lady de Maturín.

El Ave

No me daba cuenta que vivíamos en rencores rentados. No quería preguntar a mi madre cuantas horas dedicaba a hacerle la contabilidad a los abastos del barrio en la noche para poder costear mi colegio privado. Era tan frívola como una coreografía de Flan y tan fingida como una canción de Ricardo Montaner.

Tan pronto como entré al bachillerato me pusieron a cocinar: bizcochos, quesillos, suspiros, polvorosas... lo que saliera. De esa manera aprendería "el valor del dinero" y dejaría de ser tan manirota. Era también una manera subverticia de cuidar el honor de "la niña" para que llegara virgen al matrimonio.

La Tati no comía cuentos, la coño de madre (¡sorry, se me salió la grosería!). Ella decía que iba a salir de ese pueblo de mierda así su "cuca se quedara calva". A los 15 años empezó a salir con un director de PDVSA de apellido Barreto. Debo reconocer que era el hombre más guapo del pueblo, pero tenía 42 años y un bebé recién nacido. Mi abuela simplemente la trataba como si tuviera sarna y mi madre perdió la esperanza de hacer de mi hermana el próximo premio Nobel de Literatura.

Así, descartada una opción, queda la otra. Un domingo cualquiera cuando ya tenía 16 años, Mamá interrumpió mi delicioso desayuno de huevos fritos con chorizo y arepas con un pellizco. "¡Para! Si sigues así te vas a poner como un cochino!", me dijo mientras mesuraba el grosor de mis cauchitos.

-"Gran vaina", dije, cansada de servir y no disfrutar de mi propia comida.
-"Querida Eloísa, ¿cómo pretendes convertirte en una Miss Venezuela si comes de esa manera?", replicó Osmel Souza en el cuerpo de mi madre.
-"Para que todo el mundo te quiera" replicó mi madre mientras acariciaba mi cabello.

Mi hermana, volteó los ojos y apartó el plato. Respiró hondo para controlar la ira, que emergía de su corazón con la fuerza del Barroso 2:

-"Cuánta mierda tiene uno que oir en esta casa. ¡Déjala en paz!>". El grito de Tati fue tan agudo y desgarrador, que se quedó ronca del tiro.
-"Yo no me meto en mi vida, no te metas en la nuestra", dijo mi madre mientras su pecho ululaba y su mirada perforaba a Tati.
-"Claro, no te metes porque te paso todos los meses una bola' e rial desde que tengo 14 años", devolvió Tati, mientras salía disparada directo a su cuarto.

Yo abrazé a mi madre con la esperanza de aplacar sus lágrimas. Quería evitar que su dolor se convirtiera en el detonante de la furia-del-cangrejo que tengo en el estómago y me hacía vomitar en situaciones de estrés. Mi madre me dejó esconder mi cabeza en su regazo y me volvió a tocar la nuca, cariñosa, otra vez. Ya no lloraba, pero yo sí.

-"Contrólate, mi niña", me decía mi madre, mientras yo hipaba como un bebé. "Recuerda que tenemos mucho por trabajo por hacer", agregó.
-"¿Trabajo? ¡Pero si es fin de semana!" dije ladillada.
-"Exacto. Debemos empezar desde ahora... Recuerda que cocinar un matrimonio lleva su tiempo", sentenció.

Mal de ojo I.jpg

Lubricantes de lechuga

III

Aunque pesaba menos de 60 kilos, bastante poco para su estatura de Miss, Eloisa empezó una rigurosa dieta. No sólo el amor entra por la cocina, también el desamor. Por lo menos así pensaba ella, quién se privó del sentido del gusto para reconquistar visualmente a Alberto. Y al parecer daba buen resultado. O eso pensaba ella.

"Mi puricuchú, ¡mira qué divino!", decía Eloisa mientras deslizaba la lustrosa piel del portafolio Bally en su mejilla. El olor del cuero le recordaba las carteras Bottega Benetta o Hermes que solían usar las hermanas de Alberto en los almuerzos domingueros. Nunca había tenido algo tan lujurioso en sus manos desde que su esposo le regaló la Furla, su cartera favorita.

Pero sus palabras rebotaron en la cara de escepticismo de la dependienta, quién la miró como si fuera una cenicienta cualquiera. ¿Cómo no lo iba a hacer? Vestida con sus correctas ropitas remendada, la imagen de Eloisa sobando un bolso de $400 y hablándole al aire sólo podía inspirar lástima.

Fueron 30 minutos perdidos buscando a Alberto por el centro comercial. Eloisa encontró a su nunca-dadivoso-consorte comprándose un juego de pesas del mismo valor que el objeto de sus deseos. Balbuceos sin sentidos fueron la respuesta a la ira de su mujer.

- "Es que Eloisa, imagínate, estaba en rebaja. Además, lo necesito. Imagínate, tengo como seis meses intentando aumentar mis pectorales y ahora lo voy a poder lograr. ¿Puedes creerlo?", dijo Alberto risueño.

- "¿Y yo? ¿Y no me ibas a comprar ropa? Mira que tengo los mismos trapos del año pasado", respondió Eloisa poniendo cara de puchero.

- "Ay mocosita, tu no necesitas mucha ropa. ¿Para qué? No trabajas, no tienes amigos, no haces nada. Además, dudo mucho que consigamos algo de tu talla", argumentó Alberto mientras le pellizcaba un imaginario caucho alrededor de la cintura.

Eloisa no salía de su asombro. No quería enfrentar la realidad, agarró aire y se miró en el espejo de la tienda. ¡Vaya imagen! No pudo aguantarse, y empezó a llover sal frente a todo el mundo, incluyendo Alberto.

- "Vamos gordita, no empieces... Por favor, mi amor." Esa última palabra de Alberto calmó la angustia de Eloisa. Ambos sonrieron y se besaron.

La partida de la parejita fue custodiada por la mirada lasciva de uno de los clientes. "¡Qué culo tan divino el de esa flaca!", comentó el vendedor. "¿Cuál? ¡Ah claro! Es una mujer muy bella; lástima", respondió el cliente, pensado no precisamente en el trasero de Eloisa.



(La imagen es del pintor Vladimir Velickovic y pueden conseguir más aquí)

Los orificios de una "Barbie"

II

La hermosa Eloisa era infeliz. Principalmente porque había fundamentado su felicidad conjugando el verbo tener. Y más allá de sus carteras Gucci y sus zapatos Prada, no poseía nada. Ni siquiera el lujoso apartamento de 4 habitaciones en Lomas de San Román donde vivía con su gallardo esposo, Alberto.

De eso se dió cuenta cuando revisaba su cuenta bancaria mancomunada por Internet. Nada. ¿A dónde se había ido el dinero que supuestamente recibía como mesada de su marido? Era inverosimil que un importador de suministros militares conectado con el gobierno rojjito tuviera un saldo negativo en el banco. El atisbo de la pobreza se sumaba a su actual soledad.

Era hora de confrontar la verdad.


"Papi, ¿tu me quieres?", preguntó Eloisa mientras intentaba hurgar en los interiores de su marido. "¿Qué tipo de preguntas son esas, justo ahora cuando estoy viendo The Sopranos?", dijo él para detener los adelantos de su esposa. Eloisa no tuvo el coraje de mirarlo a los ojos y se acurrucó en el ala opuesta del sofá.

Alberto paró el TiVo, respiró hondo y tomó su mano. Ella se acercó a su boca buscando con hambre su lengua. Él empezó a manosear sus tetas recién operadas con delicadeza. Ella deslizó su mano hacia su "juguete", pero se detuvo al contacto de su pegostosa humedad. "Recuerda que vengo de hacer ejercicios" dijo él, sin darle importancia. Eloisa olvidó el desagradable hallazgo ante los dedos vertiginosos de Alberto.

Eloisa estaba en el cielo... después de 3 meses haría el amor con algo que no funcionara con pilas. Algo apolíneo, grande y ¿erecto? "Olvídalo, ya viene", pensaba ella en pleno orgasmo masturbatorio. De pronto Alberrto detuvo sus juegos, dió un paso hacia atrás, la contempló detenidamente y dijo:

- "¿Cómo quieres que te coja si estás como una vaca?"




(Dibujo de Ytaelena López)

martes, 15 de abril de 2008

Sadomasoquismo pequeñoburgués

I

La primera vez que descubrí a Stanton fue en una librería de Caracas que ya no existe. Era un hermoso espacio ubicado en las Mercedes, donde la literatura, la gastronomía y la música cohabitaban bajo el padrinazgo del buen vino. Creo que en esa ocasión tocaba la jazzista Biela Da Costa, pero no me acuerdo, tan solo recuerdo que en el aire flotaba una bruma de sensualidad. Mientras mi (ex)novio pagaba la cuenta, yo me escapé para conocer el lugar... y allí estaba.



Era un libro grandísimo que me llamaba desde la distancia con su portada de colores neón. "!Léeme!", parecía gritarme el volumen Stanton, editado por Tashen. Yo, que soy una fácil sin remedio con ciertos tópicos como hombres en camisas de latex y pornos de la década de los cincuenta, no me pude resistir. ¿Cómo no dejarme seducir por Eric y sus fantasías de ama de casa con látigos y aspiradoras anales?

Justo en el momento en el cual la mujer con los pechos de torpedo estrangulaba con sus piernas la cabeza del minihombre en un orgasmo compartido, llegó él. "Entonces, nunca me hubiera imaginado que tuviera ese tipo de gustos... interesantes" dijo el guapo hombre de no menos de 60 años, quién se presentó como el dueño de la librería. Me sentía descubierta, como si hubieran abierto la puerta de mi cuarto en plena masturbación. La cara se me puso de mil colores al tiempo que intentaba huir, por cuanto el veterano se acercaba a mí poco a poco, sin abandonar su sonrisa.



Pero estaba cercada. Álguien me tomó por los brazos con suficiente fuerza como para dejarme marcada con el recuerdo de esa agridulce noche. Era Marcelo, a quién había transfigurado en la personificación de la moral ciega.

"¿Cómo te atreves... en público? Nunca pude imaginarte tan depravada (...) Me da verguenza que veas ese tipo de libro en público. Actua como una mujer decente; recuerda que eres mi prometida". Sus ojos echaban llamas, sus pezones resentían hielo y su pene sugería una erección. Esa noche fue la última noche de real pasión con Marcelo. Lo demás fue violencia pequeñoburguesa escondida entre caretas. Sin embargo, siempre me acordaba que "Para el hombre que conoce su lugar" siempre queda la revancha de un látigo femenino lacerando la impúdica carne del trasero.



YtÆlena