Aunque pesaba menos de 60 kilos, bastante poco para su estatura de Miss, Eloisa empezó una rigurosa dieta. No sólo el amor entra por la cocina, también el desamor. Por lo menos así pensaba ella, quién se privó del sentido del gusto para reconquistar visualmente a Alberto. Y al parecer daba buen resultado. O eso pensaba ella.
"Mi puricuchú, ¡mira qué divino!", decía Eloisa mientras deslizaba la lustrosa piel del portafolio Bally en su mejilla. El olor del cuero le recordaba las carteras Bottega Benetta o Hermes que solían usar las hermanas de Alberto en los almuerzos domingueros. Nunca había tenido algo tan lujurioso en sus manos desde que su esposo le regaló la Furla, su cartera favorita.
Pero sus palabras rebotaron en la cara de escepticismo de la dependienta, quién la miró como si fuera una cenicienta cualquiera. ¿Cómo no lo iba a hacer? Vestida con sus correctas ropitas remendada, la imagen de Eloisa sobando un bolso de $400 y hablándole al aire sólo podía inspirar lástima.
Fueron 30 minutos perdidos buscando a Alberto por el centro comercial. Eloisa encontró a su nunca-dadivoso-consorte comprándose un juego de pesas del mismo valor que el objeto de sus deseos. Balbuceos sin sentidos fueron la respuesta a la ira de su mujer.
- "Es que Eloisa, imagínate, estaba en rebaja. Además, lo necesito. Imagínate, tengo como seis meses intentando aumentar mis pectorales y ahora lo voy a poder lograr. ¿Puedes creerlo?", dijo Alberto risueño.
- "¿Y yo? ¿Y no me ibas a comprar ropa? Mira que tengo los mismos trapos del año pasado", respondió Eloisa poniendo cara de puchero.
- "Ay mocosita, tu no necesitas mucha ropa. ¿Para qué? No trabajas, no tienes amigos, no haces nada. Además, dudo mucho que consigamos algo de tu talla", argumentó Alberto mientras le pellizcaba un imaginario caucho alrededor de la cintura.
Eloisa no salía de su asombro. No quería enfrentar la realidad, agarró aire y se miró en el espejo de la tienda. ¡Vaya imagen! No pudo aguantarse, y empezó a llover sal frente a todo el mundo, incluyendo Alberto.
- "Vamos gordita, no empieces... Por favor, mi amor." Esa última palabra de Alberto calmó la angustia de Eloisa. Ambos sonrieron y se besaron.
La partida de la parejita fue custodiada por la mirada lasciva de uno de los clientes. "¡Qué culo tan divino el de esa flaca!", comentó el vendedor. "¿Cuál? ¡Ah claro! Es una mujer muy bella; lástima", respondió el cliente, pensado no precisamente en el trasero de Eloisa.

(La imagen es del pintor Vladimir Velickovic y pueden conseguir más aquí)
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