La primera vez que descubrí a Stanton fue en una librería de Caracas que ya no existe. Era un hermoso espacio ubicado en las Mercedes, donde la literatura, la gastronomía y la música cohabitaban bajo el padrinazgo del buen vino. Creo que en esa ocasión tocaba la jazzista Biela Da Costa, pero no me acuerdo, tan solo recuerdo que en el aire flotaba una bruma de sensualidad. Mientras mi (ex)novio pagaba la cuenta, yo me escapé para conocer el lugar... y allí estaba.

Era un libro grandísimo que me llamaba desde la distancia con su portada de colores neón. "!Léeme!", parecía gritarme el volumen Stanton, editado por Tashen. Yo, que soy una fácil sin remedio con ciertos tópicos como hombres en camisas de latex y pornos de la década de los cincuenta, no me pude resistir. ¿Cómo no dejarme seducir por Eric y sus fantasías de ama de casa con látigos y aspiradoras anales?
Justo en el momento en el cual la mujer con los pechos de torpedo estrangulaba con sus piernas la cabeza del minihombre en un orgasmo compartido, llegó él. "Entonces, nunca me hubiera imaginado que tuviera ese tipo de gustos... interesantes" dijo el guapo hombre de no menos de 60 años, quién se presentó como el dueño de la librería. Me sentía descubierta, como si hubieran abierto la puerta de mi cuarto en plena masturbación. La cara se me puso de mil colores al tiempo que intentaba huir, por cuanto el veterano se acercaba a mí poco a poco, sin abandonar su sonrisa.

Pero estaba cercada. Álguien me tomó por los brazos con suficiente fuerza como para dejarme marcada con el recuerdo de esa agridulce noche. Era Marcelo, a quién había transfigurado en la personificación de la moral ciega.
"¿Cómo te atreves... en público? Nunca pude imaginarte tan depravada (...) Me da verguenza que veas ese tipo de libro en público. Actua como una mujer decente; recuerda que eres mi prometida". Sus ojos echaban llamas, sus pezones resentían hielo y su pene sugería una erección. Esa noche fue la última noche de real pasión con Marcelo. Lo demás fue violencia pequeñoburguesa escondida entre caretas. Sin embargo, siempre me acordaba que "Para el hombre que conoce su lugar" siempre queda la revancha de un látigo femenino lacerando la impúdica carne del trasero.

YtÆlena
No hay comentarios:
Publicar un comentario