
VIII
"¡Pero que polvo tan malo!", exclamó Eloisa mientras miraba la televisión echada en el sofá un sábado en la noche. Era la eneásima vez que volvían a pasar la misma película "erótica", una versión corrida -casi chicha- de Enmanuel.
"Alberto, quizás nosotros podemos animarnos y hacer nuestra propia porno" dijo Eloisa mientras exploraba en el pantaloncillo de su marido. Mala idea la suya, porque volvió a toparse con su vieja amiga "la larva".
"¿En qué momento ese animalito flácido y pegostoso había usurpado la identidad de su viejo amor, el pene?", se lamentaba Eloísa mientras retiraba su mano de la telaraña de pelos. El control del televisor, más firme y complaciente, era mejor opción que ese cuerpo lánguido hediondo a cloro...
Algo debía tener esa piscina donde Alberto practicaba natación diariamente que no tenía su coño. Por más húmedos que se pusieran sus labios, nunca lograba hacer nadar a su esposo en un hondo placer. Al principio intentaron llenar este vacío con juegos de sumisión y lubricante anal, pero ahora era un hoyo negro que los engullía silenciosamente.
"Te odio, piscina de mierda. Ya ni me provoca echarle una buena mamada a mi esposo, porque me da asco el olor a humedad". Eloísa no necesitó gritar su frustración; le bastó su mirada de fuego para espantar al marido de la habitación.
Ya sola, Eloísa intentó abrir esa pequeña rajita en la cual se había convertido su sexo por falta de uso. Pero la tristeza asomó sin lubricante al darse cuenta que tan solo dos delgados dedos la lastimaban sin compasión. Muy lejos estaba ella de los orgasmos explosivos de la televisión: coños rosados que impregnaban con sus jugos la pantalla de su televisión... pura ficción.
"¿Ficción? ¡Ummm! No es tan malo como parece". La fantasía, como cualquier otra categoría del alma, puede ser excelsa... puede ser un libro. Sólo leyendo puedes participar -como voyeur- en la cogida legendaria que le echó el guardaparques a Lady Chatterley. En letras está hecha la Jaula donde las 'Pequeñas Aves' de Therese revolotean, causándole calentura al Manuel de Anaïs Nin.
El libro se cayó al agua justo en el momento que el chorro del jacuzzi abría su vagina con una furia de cataclismo natural. Eloísa se retorcía de placer, jugando a acercarse y alejarse de la corriente, mientras ahogaba el grito en una toalla. Su clítoris latía como un corazón al contacto del pene fantasma, que luego de limpiarle la insatisfacción dejaba su huella por toda la raja de su sexo, hasta terminar en su ano.
-¿Qué estás haciendo encerrada, Eloísa? ¡Abre la puerta!
-¡Nadaaaaaaah!
P.D., Gracias al bribón de Xasel por las imágenes
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