miércoles 23 de abril de 2008

No es lo mismo estar desnudo que estar sin ropa

IV

"Dios mío, ¡estoy en pelotas!", pensaba la ex alumna del colegio de monjas nuestra señora de La Consolación mientras se sumergía en el agua caliente del sauna. Sus senos se expandían como pomarosas maduras al contacto del agua caliente. No era la única, junto a ella reposaban manzanas, peras, limones... un verdadero jardín del edén femenino que disfrutaba de las ventajas del vapor en este sauna fundado por dos chicas lesbianas hace treinta años atrás.

Por más que lo intentara, Eloisa no podía dejar de comparar sus organos genitales con los de quienes gentilmente la habían invitado a compartir esta experiencia espiritual. Pero si ella miraba, también era mirada ¿no? Parecía que no. Cada quién estaba concentrado en su rollo, en el propio placer de su cuerpo con el medio ambiente. "¡Qué verguenza! ¿De qué monte tercermundista salí yo?" se preguntaba Eloisa mientras hacía malabarismos para salir de la bañera sin enseñar a la peluda "sonriendo".



"¿De eso se trataba ser moderno? !A la verga!" Eloisa se dedicó a investigar la fuente de los discretos gemidos que escapaban del bosque. Un halo de no-luz violeta le permitió distinguir los cuerpos fluorecentes descansando entre las piedras. Escondida tras un tronco, espiaba a una chica que se masturbaba cuando una mano tomó su tobillo.
"Eloisa, ven acá", susurró.



Mucho tiempo había pasado desde aquella vez cuando caminaba por Club Orient en la isla de St. Maarten. Ella rebosaba en belleza, felicidad y juventud. Alberto aún tenía cabello.
El brillo del turquesa prometía desvanecer cualquier desaveniencia matrimonial. Eloisa estaba tan emocionada de encontrarse en la playa nudista más famosa del Caribe que quería retar con un topless la educación ultraconservadora que le proporcionaron sus padres durante veinte años. Así que le comunicó su intención a Alberto y se dispuso a liberar la tira del sostén.



"¡Qué horror, Eloisa! ¿Qué clase de estupideces se te meten en la cabeza? ¡Deja de actuar como una puta!", espetaba Alberto, frente a las miradas atónitas de decenas de bañitas.
Ella intentó contener el llanto con un nudo en el sosten de su traje de baño. Pero la hermosa pieza, tejida a mano, era pesada y escurridiza. Lo inevitable sucedió, pero a nadie pareció importarle. El aire salino correteó por primera vez en el ahora indiscreto pezón de Eloisa. Era demasiada libertad como para poder soportarla.

Por un momento la arena se mezcló con silencio. Instintivamente, Eloisa atajó sus pomarosas con sus manos, sintiendo su tibieza. Luego se colocó una franela y se paró como resorte para trotar su perplejidad. "Rápido, lejos, sola" pensaba Eloisa mientras dejaba atrás a un Alberto de piedra a paso de potra zaina. A cada rebote de sus senos sin soporte aumentaban las lágrimas, que gentilmente limpiaba el viento.



(Gracias al Club Orient por la imagen final)

2 comentarios:

Jesús A. Meza M. dijo...

¡Me gusta amiga!

Saludos desde lejos...

La tierra del cacao dijo...

Tengo que volver a comentar este post, porque es tan hermoso en su tragedia.
Uno de los mejores, Yta.