miércoles, 16 de abril de 2008

Suspiros con amargo de Angostura

LA JAULA DE ORO XIII

Recuerdo cuando mis abuelos paternos, adecos hasta las metras, me hablaban de un tiempo dulce como guayaba madura. Era una edad dorada donde las parrillas eran el pan nuestro de cada fin de semana y ríos dorados de Etiqueta Negra limpiaba las culpas de nuestra clase media. Donde eramos un país en vías de desarrollo y no un gobierno en la lista negra de la DEA.

Yo pude vivir unos POCOS años de aquellos buenos tiempos, cuando mis padres vivía en la casa para invitados de mis abuelos. A mi me bastaba atravesar la selva de trinitarias para llegar a la cocina de mi abuela y disfrutar de sus abrazos. También de sus coquitos, tortas y bienmesabes. ¡Ummm!

Me deleita especialmente evocar el pie de limón con merengue que preparaba para mi cumpleaños. Yo me relamía las aspas de la licuadora, intentando aprehender esa prosperidad de clara de huevo y aire. Un sabor que se convirtió en tormento primero y redención después.

Prque a la fortuna le-dió-la-gana, los juguetes fisher price y la ropita Carter fueron sustituidos por chivas usadas de nuestros amigos ricos. Luego mi abuela-la-reina empezó a referirse a sí misma en tiempo pasado al tiempo que despedía a la última mucama que le quedaba. Y un día la quinta con selva y casa de invitados desaparecieron de nuestras vidas. ¡Puff!

¡Ah! Se me olvidaba decirlo. Hasta el padre generoso se dejó engullir por el Viernes Negro. No quedó nada de ese pasado donde los sueños eran fáciles y los arraigos duros. Nada, excepto mamá, Tatiana y yo.

Y un libro de recetas de repostería grandísimo que mi abuela me enseño a cocinar durante mi niñez y adolecencia. Los biscochos de rancio abolengo criollo se convirtieron en cárceles de sueños, en ventanas de fiestas a donde ya-no nos invitaban. Y sufría asomada a la ventana mientras soñaba que algún caballero, de esos que buscaban las tortas de cumpleaños, me trajera una rosa pintada de azul y me cantara un bolero.

Yo no era la única que se sentía insatisfecha con el futuro. Mientras yo proyectaba mis penas en un capítulo de Las Amazonas, mi abuela se dedicó a moldear a la My Fair Lady de Maturín.

El Ave

No me daba cuenta que vivíamos en rencores rentados. No quería preguntar a mi madre cuantas horas dedicaba a hacerle la contabilidad a los abastos del barrio en la noche para poder costear mi colegio privado. Era tan frívola como una coreografía de Flan y tan fingida como una canción de Ricardo Montaner.

Tan pronto como entré al bachillerato me pusieron a cocinar: bizcochos, quesillos, suspiros, polvorosas... lo que saliera. De esa manera aprendería "el valor del dinero" y dejaría de ser tan manirota. Era también una manera subverticia de cuidar el honor de "la niña" para que llegara virgen al matrimonio.

La Tati no comía cuentos, la coño de madre (¡sorry, se me salió la grosería!). Ella decía que iba a salir de ese pueblo de mierda así su "cuca se quedara calva". A los 15 años empezó a salir con un director de PDVSA de apellido Barreto. Debo reconocer que era el hombre más guapo del pueblo, pero tenía 42 años y un bebé recién nacido. Mi abuela simplemente la trataba como si tuviera sarna y mi madre perdió la esperanza de hacer de mi hermana el próximo premio Nobel de Literatura.

Así, descartada una opción, queda la otra. Un domingo cualquiera cuando ya tenía 16 años, Mamá interrumpió mi delicioso desayuno de huevos fritos con chorizo y arepas con un pellizco. "¡Para! Si sigues así te vas a poner como un cochino!", me dijo mientras mesuraba el grosor de mis cauchitos.

-"Gran vaina", dije, cansada de servir y no disfrutar de mi propia comida.
-"Querida Eloísa, ¿cómo pretendes convertirte en una Miss Venezuela si comes de esa manera?", replicó Osmel Souza en el cuerpo de mi madre.
-"Para que todo el mundo te quiera" replicó mi madre mientras acariciaba mi cabello.

Mi hermana, volteó los ojos y apartó el plato. Respiró hondo para controlar la ira, que emergía de su corazón con la fuerza del Barroso 2:

-"Cuánta mierda tiene uno que oir en esta casa. ¡Déjala en paz!>". El grito de Tati fue tan agudo y desgarrador, que se quedó ronca del tiro.
-"Yo no me meto en mi vida, no te metas en la nuestra", dijo mi madre mientras su pecho ululaba y su mirada perforaba a Tati.
-"Claro, no te metes porque te paso todos los meses una bola' e rial desde que tengo 14 años", devolvió Tati, mientras salía disparada directo a su cuarto.

Yo abrazé a mi madre con la esperanza de aplacar sus lágrimas. Quería evitar que su dolor se convirtiera en el detonante de la furia-del-cangrejo que tengo en el estómago y me hacía vomitar en situaciones de estrés. Mi madre me dejó esconder mi cabeza en su regazo y me volvió a tocar la nuca, cariñosa, otra vez. Ya no lloraba, pero yo sí.

-"Contrólate, mi niña", me decía mi madre, mientras yo hipaba como un bebé. "Recuerda que tenemos mucho por trabajo por hacer", agregó.
-"¿Trabajo? ¡Pero si es fin de semana!" dije ladillada.
-"Exacto. Debemos empezar desde ahora... Recuerda que cocinar un matrimonio lleva su tiempo", sentenció.

Mal de ojo I.jpg

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